Treinta años de Amistad, Fútbol y Papeles

Por Alejandro Romillo (GIEFI Rocha)
Lo conocí allá por 1990, un amigo en común, feriante de Pando y Solymar donde vivió un tiempo antes de irse al Buceo.
El contacto era telefónico y el intercambio de material al principio como una especie de correo electrónico o whatsapp, era nuestro amigo Carámbula, una especie de espionaje al mejor estilo cinematográfico para entregar un sobre cerrado en Pando un domingo y recibirlo en otra feria el Bocha para repasar y corregir. Así estuvimos un semestre, aunque ya sabíamos nuestros horarios y hasta un poco de nuestras vidas.
Ya instalado en Montevideo, me llama y me dice “ahora si venite y con tiempo”. Al otro día estaba instalado y conociéndonos personalmente, la primera sensación que tuvo “pensé que eras mayor, porque esto de recabar historia, diarios y papeles, es cosa de viejos con tiempo”.
La primera visita llegue después de su siesta, me instalé en el sillón de copiloto que tiene al lado de su búnker y me fui antes de su cena. De ahí en más fuimos colegas inseparables, de repartirnos y ahorrarnos trabajo y horas.
Recién había llegado a su nuevo barrio y ya tenía adiestrados a todos sus vecinos, el compraba El País, el del piso de abajo le guardaba el Últimas Noticias, y así tenía al edificio trabajando y colaborando.
Su escritorio, parecía un desorden de recortes y papeles sueltos, pero esa es una treta de «nosotros» para que no toquen nada, porque el archivo y el orden está en nuestra mente. Y lo tenía todo totalmente identificado.
Allí comencé a admirarlo, ver la pulcritud y el cuidado por cada carpeta ordenada inteligentemente para saber en pocos segundos que era lo que estaba necesitando. Era como ese Ídolo futbolístico que seguimos y yo lo tenía al alcance de mis deseos.
El tiempo nos fue haciendo más amigos, incluso hasta contarnos ciertas infidencias que él se las llevó y yo las guardaré entre siete llaves, como decía Alejandro (nota del editor: por Alejandro de León y su nota anterior), había diferencia de edad, pero nunca se notó. Por muchos años, el respeto me hacía tratarlo de usted, hasta que un día me dijo “no me hagas más viejo de lo que soy y tuteame”. Tampoco pude hacerlo, era tanta la admiración, que me negaba a sacarle la investidura de Ídolo, y acercarlo a la normalidad.
Muchas veces le insistí con la transformación, dejar la máquina de escribir e intentar unirlo a la modernización y rapidez de información, no tuve éxito, nadie lo tuvo, ni su adorado hijo Rubén, que con un amor y orgullo inusitado me mostraba todo el trabajo informático que venía realizando sobre el fútbol de Fray Bentos, ese orgullo de padre, que se le salía por los poros, y que un poco murió con él, cuando su partida.
Quizás lo salvó de entregarse el amor por la historia de nuestro fútbol, del contacto con gente más cercana a la generación de su hijo, de que había un legado por seguir completando… a pesar de la gran ausencia, y se aferró como nunca a esos amigos amantes de lo mismo, de intentar en vano que algún día, su recopilación de «toda la historia del fútbol del Interior» pudiera ser reconocida más allá de su humildad. Incluso hubo algún presidente de OFI que le agradeció su investigación, pero que dicha Organización “no era un lugar para guardar papeles”, no eran papeles, era la historia pura de un siglo de información e historia, que otros «menos inteligentes», ante su ausencia indisimulada custodiamos celosamente como guardias imperiales su grandioso tesoro.
Mucha gente importante de nuestro país utilizó indiscriminadamente su generoso archivo, algunos con grandes agradecimientos, otros, simples menciones perdidas en cientos de publicaciones y muchos ignorando el esfuerzo y el gusto para “que la historia no se pierda”.
Siempre me decía cuando salía el tema de Nacional y Peñarol, iba a un mueble y traía un mural con una foto en blanco y negro de un equipo de fútbol. Y me decía, “de este sí soy hincha”, y se paraba para ofrendar respeto como a la bandera, a su querido Laureles y con orgullo y emoción me decía “aquí estoy”, en esa foto que guardaba como el mejor regalo que le hayan dado en toda su vida.
La última vez que lo vi, fue a fines de febrero del año pasado, ya su figura evidenciaba ese dolor interno por los que van anunciando lentamente la partida definitiva, pero nunca dejó de mostrar esa sonrisa pícara, ese código interno de que todo va a estar bien por más que ya no nos volvamos a ver.
Su legado no se detiene y está en buenas y muy sinceras manos de un grupo de «locos» como nos llaman con una grifa de 5 letras… GIEFI.

Foto: Otro Encuentro Nacional de GIEFI, en esa ocasión en Montevideo. Héctor Sicco al centro, como el corazón bombeante que aún es de la actividad del grupo.

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